
Cuando Zeinab se vertió encima gasolina y encendió un fósforo, sintió cómo si se tratara de la única decisión que había tomado jamás por sí misma. Nacida en una familia pobre pashtún en el oeste de Afganistán, Zeinab nunca aprendió a leer ni a escribir. Se casó a los 16 años, a instancias de su familia. Los abusos de su marido eran cada vez más frecuentes y díficiles de soportar, pero Zeinab no tenía idea de que era posible para buscar ayuda. Sólo se enteró más tarde, cuando los médicos y enfermeras luchaban para salvar su vida en el único centro dedicado de quemados del país, en el Hospital Regional de Herat.
"Es como si..." -y Zeinab hace un gesto con la mano vendada, como buscando a tientas las palabras- "es como si yo no supiera que había un mundo fuera de mi casa. Pero lo que he aprendido en estos últimos tres meses, desde que me ingresaron en el hospital, es más de lo que había aprendido en toda mi vida. "
La mayor preocupación de Zeinab son sus hijos: uno de 4 años y una hija de 2 años. A no ser que regrese a su hogar, probablemente los perderá. "Cuando mi hija me mira y ve mis cicatrices, tiene miedo", dijo. "Eso es lo más duro de todo lo que me pasa."
Para muchas mujeres afganas, hechos que en Occidente también representa un duro golpe pero que tarde o temprano se superan - una mutilación, una enfermedad grave, la pérdida del cónyuge - puede abocar en Afganistán a una pobreza de la que ya no puede salirse. Muchos de las personas que mendigan en las calles de Kabul son mujeres en burka, que desafían el tráfico como fantasmas vestidos de color azul.
"No puedo decirte cuán terrible era mi vida en las calles", cuenta Qamargul, de 40 años, cuyo marido la obligó a mendigar cuando se supo que era infértil. Tomó otra esposa más joven y no le permitían entrar a dormir si no entregaba cada día las escasas monedas que le habían dado. Si no tenía nada, la obligaban a dormir fuera, hiciera calor o frío.
Una fundación occidental pudo rescatar a Qamargul después que una salvaje paliza de su marido la llevara al hospital. Ahora está aprendiendo un oficio y espera poder vivir de forma independiente. Pero su petición de divorcio no prospera en un sistema jurídico que sigue considerando que poner fin a un matrimonio sigue siendo prerrogativa del hombre. En una vista reciente, el juez, exasperado, le preguntó: "¿Por qué no hace simplemente lo que debe hacer, y vuelve a casa a su marido?"
En Afganistán, como en cualquier lugar, hay muchos matrimonios felices. Pero para las mujeres menos afortunadas, el contrato de matrimonio se utiliza como medio de dominación. Se obliga a contraer matrimonio a niñas de 8 años. La violación y la violencia en el hogar son endémicas. La venta o intercambio de mujeres y niñas son una práctica rutinaria para cumplir con las obligaciones del clan, una práctica que es técnicamente ilegal, pero ampliamente tolerada.
"Le pregunté a mi padre: ¿Por qué me vendes?" nos dice Obeida, de 13 años que fue vendida cuando tenía 8, y se convirtió en criada de quien la compró, a la espera de poder ser vendida más tarde como "novia".
"Lloraba todo el tiempo y llamaba a mi madre", nos dice. Pero su hermana mayor, Maryam, que fue vendida a los 11 años, logró alertar a las autoridades antes de que Obeida fuera obligada, como Maryam, a casarse con un hombre mayor. Obeida vive ahora en Kabul y por primera vez en su vida va a la escuela.
La vi una mañana, hace poco. Iba vestida con su uniforme escolar, y sus ojos brillaban con ilusión. "Siento que mi vida ha comenzado de nuevo", me dijo.

Nazira, la alumna de Kabul, dice que no puede imaginar una vida sin poder estudiar. (...) La directora de la escuela, Arifa Jalal, explica cómo funcionaba su escuela en la clandestinidad, durante el régimen talibán. Cuando los militares llamaban a la puerta, tenía que explicar la presencia de las niñas en su salón, e inventaba una relación familiar con cada una.
Ahora, el mayor problema, nos explica, es la falta de financiación, junto con la enorme demanda. Incluso aquí en la capital, la escuela no tiene agua corriente. Las chicas tienen que traerse botellas de agua. Y la escuela está tan llena que deben estudiar por turnos. "Pero sé que vamos a enviar a muchas chicas a la universidad", dijo Jalal.
Jalal sabe que ella y sus estudiantes tienen suerte por la relativa seguridad que disfrutan en Kabul. En algunas zonas rurales donde quienes mandan son los insurgentes, las escuelas de niñas son habitualmente quemadas y bombardeadas, y se aterroriza a las profesoras y alumnas.
Nazira tiene compañeras a las que sus padres prohibirán seguir yendo a clase una vez que lleguen a la pubertad, argumentando que están en peligro cuando salen de casa, aunque sea para ir andando hasta la escuela. Pero sus padres le han prometido que ella seguirá sus estudios porque creen que los libros son como un pasaporte en esta vida.
Estos son los éxitos de la era post-talibán: Las mujeres jóvenes llenan las aulas universitarias. Las mujeres tomen parte en el gobierno. Mujeres dan las noticias en la televisión, desafiando las amenazas. Las mujeres han demostrado ser buenas empresarias, y han impulsado el sector de la pequeña empresa. Por ejemplo, Homaira tiene un salón de belleza en el centro de Kabul donde las mujeres ya podían cortarse el pelo en secreto bajo los talibanes, y no lo hacía sólo como un medio de vida, sino también como un gesto de desafío. "Tengo buenas manos y estoy orgullosa de no tener que depender de nadie", dijo. "Pero, para mis hijas, quiero más".
Los apoyos para que las mujeres avances vienen a veces de sectores inesperados. En un distrito rural en las afuerar de Kabul, un granjero llamado Haji Qudbuddin tiene 10 hijas. Dos se han casado y se han ido de casa, pero todas las demás están en la escuela. Y él quiere que se casen con quien les plazca cuando sean mayores.
Qudbuddin, que es el malik, o jefe, de un grupo de 10 aldeas, dijo que llegó a opinar de este modo después de aprender a leer y escribir, algo que no sucedió hasta después de que que pasara su juventud luchando primero contra los soviéticos y después contra los talibanes. "Las mujeres tienen derechos", nos dice. "Pero hasta que me eduqué, no lo sabía".
Mina es una modelo delgada, de 18 años, vestida con pantalones vaqueros ajustados y una chaqueta de corte asimétrico. Su hermana mayor, Nasreen, está a punto de casarse con un hombre que es un virtual desconocido para ella, y se irá a vivir al extranjero. Y cree que también ella puede labrarse su propio destino.
"Mi vida está en mis manos", dice. "Voy a ir a la escuela, voy a trabajar ... pero tal vez tenga que salir de Afganistán para conseguirlo."
Leila, de 41 años de edad, empleada del Gobierno, viste una falda larga vaquera, y nos dice. "Necesito que mi marido me dé permiso para ir a cualquier parte, incluso para venir a trabajar", aunque cuando mira hacia atrás, a los años de prisión en su casa bajo el régimen talibán, poder salir le parece una especie de milagro.
"Y espero más libertad todavía", dice. "Y con sólo desearlo, ya me siento un poco más libre".
El original, en inglés, de Laura King, se publicó en Los Angeles Times y lo hemos visto en Truthout
Ver también, sobre este tema: Karzai mercadea los derechos de la mujer a cambio de votos chiitas, en Amanece que no es poco
y en Kabila ¿Qué hacemos defendiendo este miserable gobierno?
Y en este mismo bloc: Mujeres de Afganistán (I) y Y se argumenta que con la intervención...