Por más evidente que sea su caducidad, cuesta muchísimo que cualquier disciplina científica admita nuevas metodologías, aunque con ello mejore su visión y alcance, y la economía es emblemática al respecto. Al final, le fue más fácil aceptar que se producían diferentes comportamientos en los niveles microeconómicos en base al género, y dicha aceptación –con la tenacidad de las pioneras— se trasladó a las políticas de ajuste estructural, para acabar cubriendo el extenso campo de la macroeconomía. En este sentido, el consumo no es una excepción: se trata de una variable de considerable valor explicativo que gana peso cuando de consumo agregado se trata ya que las diferencias de comportamiento generalizadas y sistemáticas influyen en la macroeconomía y ayudan a descubrir la vinculación del consumo agregado --y con género-- con otros componentes clásicos del Producto Nacional como el ahorro y la inversión.
Quisiera también hacer explícitos algunos postulados metodológicos que ayudan a entender la manera cómo una mayoría de economistas --desde el feminismo-- suelen abordar los temas económicos. Como recuerda M. Power (2004), el primer postulado supone que el trabajo de “reproducción” es una parte vital en cualquier sistema económico “y debe incorporarse al análisis desde el principio”. Frente a una visión neoclásica que presenta individuos aislados intentando maximizar su utilidad (el “homo economicus” sobre el que tanta literatura laudatoria existe y que tan bien desnuda la crítica desde el género), la economía feminista considera a los actores humanos interdependientes e interconectados en el centro del interés analítico. En segundo lugar, el éxito económico se mide por el bienestar de las personas, el cual tiene que ver más con las capacidades individuales y lo que Amartya Sen identificó como “heterogeneidad de necesidades humanas” que con la distribución de la renta y la riqueza. El tercer punto trata de las cuestiones de poder y su acceso desigual al mismo, ya que del poder depende que un determinado hecho económico entre en la agenda política, así como su valoración y sus resultados. En su cuarto postulado, la economía feminista reivindica los juicios éticos como válidos, consustanciales y deseables en cualquier análisis económico, frente a la economía neoclásica supuestamente neutral que niega los juicios de valor a sus teorías y modelos. Y finalmente, se incorpora al análisis la clase social, la etnia y otros factores que dan mayor valor explicativo al permitir analizar el colectivo “mujeres” como una categoría no homogénea.
1) Trabajos de cuidado y reproducción
Las influencias de género que podemos observar en el consumo son un buen reflejo de las diferentes conductas que se practican en el hogar. Los trabajos “reproductivos” y de cuidados que suele acompañar la transformación de los bienes de consumo en alimentos son fundamentales para la vida, como lo son la higiene y cuidado de las personas que forman el hogar, en especial las más dependientes por edad o enfermedad. De manera especial, el estado nutricional y de salud de los niños y niñas puede relacionarse directamente con la cualidad de los cuidados y los alimentos que se les prodigan. Esta variable parece ser de igual o mayor importancia que los ingresos que la madre puede administrar, ya que en buena parte de los hogares los alimentos son escogidos, tratados o elaborados en un proceso del que las mujeres cuidadoras son protagonistas.
Las economistas feministas han reconocido desde el principio que el trabajo no remunerado y los cuidados son una parte fundamental de la economía --ya que son también produccción, consumo, ahorro, inversión, oferta de trabajo, productividad, asunción de riesgos y estrategias para reducir la incertidumbre—y sobre todo una parte explicativa fundamental de la calidad de vida de las personas. Con ello, y como nos recuerda Power (2004) se ha producido una modificiación importante en la definición de economía ya que se aleja de la “preocupación exclusiva por las transacciones monetarias para centrarse en la asignación de recursos.” Una de las economistas que mejor lo explica es Antonella Picchio (2005) que en su diagrama de flujo circular integra el trabajo no remunerado sugiriendo que si en una economía se produce un incremento de la ratio de los beneficios sobre los salarios es muy probable que en los hogares las mujeres deban incrementar su producción no remunerada para compensar la pérdida de renta derivada de unos menores ingresos salariales….
2 Bienestar y satisfacción de necesidades
Los estudios demuestran que la mayor parte de la renta administrada por mujeres se destina a cubrir necesidades básicas y de educación de sus hijos/as, en tanto que el consumo de los hombres suele ir destinado en mayor medida a ellos mismos, a bienes duraderos y de “representación de status”, ya sea propio o familiar.
La importancia de recibir los cuidados fundamentales desde la infancia --e incluso en el periodo prenatal-- se puede comprobar en un informe de la OMS del 2003 titulado “Los primeros años de vida”, dond se lee: “Un desarrollo lento y un apoyo emocional escaso aumentan el riesgo de tener mala salud durante toda la vida y reducen el funcionamiento físico, emocional y cognitivo en la madurez. La experiencia temprana de la pobreza y el desarrollo lento se graban en la biología durante el proceso de desarrollo, y afecta a la salud durante toda la vida. Una situación de pobreza durante el embarazo puede causar que el feto se desarrolle por debajo del nivel óptimo.(...) Las relaciones emocionales inseguras y la carencia de estimulación pueden ser la causa de la falta de disposición para ir a la escuela, de un bajo rendimiento académico, de un comportamiento problemático y del riesgo de sufrir marginación social durante la vida adulta.”
A pesar de la importancia que concede la OMS a la satisfacción de necesidades básicas que prodigan especialmente las mujeres cuidadoras en los primeros años de vida, otros estudios afirman que la escasez de recursos se distribuye de forma desigual en la familia y no siempre en beneficio de los niños y niñas. Los alimentos y otros recursos vitales se asignan de forma prioritaria a quienes aseguran los ingresos económicos, que suelen ser los hombres adultos. Y también la infancia tiene sesgo de género: se prioriza el consumo de alimentos, servicios de salud y enseñanza a favor de los niños y en perjucio de las niñas. Finalmente, las mujeres tienden a ser las que en menor proporción –y especialmente en situaciones de escasez—se conceden atender sus necesidades.
3) Poder de negociación
Una de las primeras observaciones que se repiten en los análisis mejor elaborados sobre el tema coinciden en señalar que los modelos de gasto de los hogares dependen en buena medida de si quien controla los recursos es un hombre o una mujer. En el caso de las mujeres, la responsabilidad que asumen en el hogar, en las tareas de reproducción y en la calidad de la subsistencia de las personas que con ellas conviven determinan sus prioridades de consumo. Saltando a la macroeconomía, cuando las mujeres poseen un mayor grado de control en el consumo doméstico, éste tiende a ser más estable ya que la prioridad en satisfacer necesidades básicas varía menos cuando se producen incrementos en los ingresos familiares. Por tanto, las políticas que refuercen el control de las mujeres en el gasto doméstico reforzarán la estabilidad y el crecimiento de la economía, es decir, dos de los principales objetivos de la política macroeconómica. A su vez, la disponibilidad de las mujeres para acceder a determinados patrones de consumo más variados, con productos más elaborados y de mayor calidad depende en gran medida de si realizan un trabajo remunerado, la cuantía del mismo y su relación con el salario “principal”. Cuanto menor sea el salario de la mujer o menos represente en porcentaje de los ingresos totales, menor será su capacidad de negociación para influir en el gasto conjunto y más impacto tendrá cualquier cambio en el nivel de precios en la disponibilidad de recursos, y en la cantidad y calidad de lo que se consuma.

El Dr. Antoni Barbarà, secretario del Consell Assessor de Salut Laboral de l’Ajuntament de Barcelona, nos alerta de que “en la sociedad patriarcal heredada, a menudo la mujer cuidadora se encuentra con la realidad del encarecimiento de los precios y siente una impotencia creciente para poder llenar el cesto de la compra con la partida preasignada del presupuesto familiar. Cuando esta dificultad progresiva llega al límite y va acompañada de un diálogo insuficiente –sin comunicación—con quien asume el papel de “hombre- proveedor” de la familia, la mujere se ve abocada a una situación sin salida y asume fatalmente la superación cotidiana del problema. Se trata de un terreno abonado para el surgimiento de conductas de riesgo, entre las cuales algunas adictivas y especialmente peligrosas. Detrás de este miedo-frustración- autoinculpación se desarrolla en muchos casos la “huída” de la realidad vía drogadicciones – substancialmente el alcoholismo de las mujeres, de costes baratos y prácticas solitarias y clandestinas. Y otra patologia generada a partir del “drama” de no llegar a fin de mes o volver a casa con la cesta medio vacía consiste en la tentación del juego. Las ludopatías desarrolladas por el fácil acceso de las máquinas tragaperras, los rasca-rasca de premio inmediato, etc., pensadas, diseñadas y ubicadas estratégicamente en los entornos urbanos adecuados, producen estragos entre mujeres que buscan desesperadamente romper el círculo de la miseria y que, al caer en las redes del juego, empeoran su situación económica y su salud psíquica y física.”
En un sentido totalmente opuesto, el empoderamiento político de las mujeres conduce normalmente a una sociedad con un estado del bienestar más consolidado, con mayor disponibilidad de bienes y servicios públicos, ya que las mujeres son las principales consumidoras de los servicios públicos de salud, enseñanza, transporte, etc. Por ello puede constatarse una fuerte correlación entre una presencia numerosa de mujeres en los órganos legislativos de representación y en los distintos niveles de gobierno, y la existencia y dotación de políticas de bienestar y “amigas de las mujeres”.
4: Juicios éticos y de valor
En base a estadísticas suministradas por las Naciones Unidas, el consumo de los países ricos está incrementando las desigualdes, y acelera la dinámica consumo-pobreza-desigualdad-medio ambiente. En el Human Development Report 1998 del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD) se daba cuenta ¡diez años atrás! que el 20% de la población mundial que habita en los países de mayores niveles de renta representa el 86% del gasto en consumo privado, en tanto que el 20% más pobre sólo representaba un minúsculo 1,3%. Estas fuertes desigualdades se traducen al hablar de productos concretos en que la quinta parte más rica de la población consume el 45% de toda la carne y pescado, en tanto que la más pobre solo el 5%, y la misma distancia podia apreciarse en energía (58% y menos del 4% ); en papel (84% y 1.1% ) y flota de vehículos ( 87% y menos del 1%). A estos datos podemos añadir las declaraciones de la Dra. Margaret Chan, directora general de la OMS, que en 61ª Asamblea Mundial de la Salud en el sentido de que la crisis provocada por el rápido incremento de los precios de los alimentos puede minar los cimientos de la salud y de una buena nutrición para la inmensa mayoría de la población con recursos escasos.
Datos como los anteriores reafirman la economía feminista a analizar el consumo en estrecha vinculación con la producción y la redistribución. El ecofeminismo, además, introdujo la variable del medio ambiente, explicando que el problema real no es el consumo en sí mismo, sino sus modelos y sus efectos. En este sentido, Vandana Shiva declaró a la BBC el pasado mes de marzo sobre cuánto es demasiado consumo lo siguiente: “ El problema es que se utilizan cada vez más recursos en la cadena de producción, la cual debe maximizar cada vez más los beneficios y no las necesidades o el bienestar. En lugar de sencillamente convertir patatas en chips hemos adoptado el asombroso procedimiento de convertirlas en puré para después reconstruirlas en forma de chips y transportarlas 2.000 millas. En cada estadio del proceso se añade valor económico, pero se despilfarran valores ecológicos y de salud. La cadena de producción más la de consumo es demasiado pesada para el planeta.”
Las palabras de Vandana Shiva denuncian el despilfarro de recursos, trabajo y capital en tanto que 850.000 millones de personas tienen serias dificultades para acceder a medicinas baratas, agua potable, y alimentos básicos. No es de extrañar por tanto que las mujeres se han constituido también en las abanderadas de las reivindicaciones ecológicas aunque el despilfarro frente a la escasez enfrente también movimientos de mujeres de los países ricos, que liberan tiempo en las labores domésticas con el recurso a productos contaminantes y alimentos semielaborados que suponen mayor consumo de energías no renovables, con movimientos de mujeres de países pobres.
5: Diferentes colectivos de mujeres frente al consumo
En estudios realizados sobre el consumo que contemplan como principales variables el género y la clase social, se demuestra que los patrones de consumo de las mujeres difieren substancialmente de los patrones masculinos en iguales niveles sociales. Sin embargo, no es la misma observación la que se obtiene al comparar colectivos de mujeres de países desarrollados y de países en vías de desarrollo. No sólo es mucha mayor la cantidad de horas de trabajo que deben emplear las mujeres en el subdesarrollo para conseguir que su familia pueda consumir los nutrientes básicos, sino que se acusa a determinados comportamientos consumistas de las mujeres del Primer Mundo de agravar la situación de las mujeres de las regiones más pobres.
El enfrentamiento entre grupos de mujeres parece bastante desatinado y estéril. En cambio, buena parte de la responsabilidad puede achacarse a las políticas de ajuste estructural (PAE) impuestas a los países en vías de desarrollo que ha distorsionado su economía hacia las exportaciones, afectando su recurso a los bienes agrícolas que producen y a los que tenían acceso antes de las PAE. Con ello, las PAE han aumentado considerablemente las desigualdades y son una causa importante de las hambrunas. A estas alturas de la globalización parecen haberse agotado ya sus efectos beneficiosos y ocupan el primer plano los incrementos de desigualdad y de mayores responsabilidades y trabajos, en todos los sentidos, para las mujeres. Por ejemplo, en lugar de consolidar sus conquistas en el mercado laboral con implicaciones directas en mejoría de rentas, empoderamiento y capacidad de elección, Benería y Floro (2006) nos alertan de que, contra promóstico, las políticas neoliberales y la globalización económica han provocado el crecimiento de la informalidad en países con dinámicas cada vez más complejas como Ecuador y Bolívia. Su estudio muestra cómo los hogares asumen por entero los riesgos en situaciones de cambio económico, y que el género es un factor importante en el grado de vulnerabilidad, en las posiciones sociales adscritas y en la toma de decisiones en el hogar. Y por lo que hemos visto hasta ahora, el papel de las mujeres será determinante ante los cambios y limitaciones al consumo que la crisis ecológica mundial acabará imponiendo.
Publicado en el número de julio-agosto de la Revista Crítica ¿Consumidores o Ciudadanos?